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No es asumible

Por Ricardo Megias
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No es asumible

Travel Insider España - IA

Dos accidentes ferroviarios de alta velocidad en apenas nueve meses, 115 vidas perdidas y demasiadas preguntas sin respuesta. Las tragedias de Adamuz y Urda han quebrado la confianza en el ferrocarril español y han puesto sobre la mesa una exigencia que no admite demoras: investigar hasta el final, esclarecer las responsabilidades y garantizar que la seguridad de los viajeros esté por encima de cualquier decisión humana equivocada.

«No es asumible para un país como España sufrir dos accidentes ferroviarios de alta velocidad en un mismo año». Lo dijo el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, tras la tragedia de Urda (Toledo). Y pocas veces una declaración institucional habrá resumido con tanta precisión el sentimiento de un país. No es asumible. No lo es por la magnitud de lo ocurrido, por el dolor de las familias, por las vidas truncadas y por la insoportable sensación de que algo que jamás debió suceder ha vuelto a repetirse cuando todavía no habíamos terminado de llorar a las víctimas de la primera tragedia.

El pasado 18 de enero, el accidente ferroviario de Adamuz, en Córdoba, dejó 46 muertos. Nueve meses después, el 28 de octubre, un AVE de Renfe embistió a un tren Iryo detenido en las inmediaciones de Urda. Al menos 69 personas han perdido la vida. Dos catástrofes diferentes, con causas aparentemente distintas, pero un mismo resultado devastador: 115 personas que subieron a un tren y nunca llegaron a su destino.

Detrás de esa cifra hay familias destrozadas, proyectos interrumpidos, conversaciones que quedaron pendientes y despedidas que nadie imaginó definitivas. Hay padres, madres, hijos, hermanos y amigos. Hay hogares en los que la ausencia será para siempre. Y hay una sociedad que contempla, entre la tristeza y la incredulidad, cómo uno de los grandes símbolos de la modernización de España se ha convertido, en cuestión de meses, en motivo de angustia.

España había hecho de su alta velocidad ferroviaria un motivo legítimo de orgullo. Una red que nos situó entre los países más avanzados del mundo, que transformó las comunicaciones y que hizo del tren una alternativa cómoda, rápida y segura. Hoy, sin embargo, ese orgullo convive con una pregunta profundamente inquietante: ¿cómo es posible que hayamos sufrido dos tragedias ferroviarias de semejante magnitud en tan poco tiempo? Y, sobre todo, ¿qué estamos haciendo para impedir que vuelva a ocurrir?

De Adamuz a Urda: dos tragedias ferroviarias que exigen respuestas

Las investigaciones sobre el accidente de Adamuz sitúan como hipótesis principal la rotura de un carril en una zona de soldadura. Los informes conocidos apuntan a una posible fatiga del material en la unión de dos segmentos de vía fabricados en años diferentes. Un problema que ha abierto interrogantes sobre la inspección, el mantenimiento y los mecanismos de detección de anomalías en una infraestructura por la que circulan diariamente miles de viajeros.

En Urda, las primeras investigaciones dibujan un escenario distinto, pero igualmente preocupante. Aproximadamente a las 8:30 de la mañana del miércoles 28 de octubre, el sistema de seguridad LZB, encargado de supervisar de forma continua la circulación de los trenes, dejó de funcionar en un tramo de la línea de alta velocidad Madrid-Sevilla. Seis convoyes quedaron detenidos como consecuencia de la incidencia.

A las 8:36, el centro de control de Adif en Atocha autorizó al AVE de Renfe a reanudar la marcha con normalidad, pese a que el sistema principal de seguridad no se había restablecido. El tren Iryo que circulaba por delante continuaba detenido y su maquinista había comunicado al centro de control que no podía reanudar la marcha. A las 8:53, el AVE alcanzó al Iryo.

Entre la autorización para continuar y el impacto transcurrieron aproximadamente 17 minutos. Un tiempo durante el cual, según la reconstrucción conocida, el tren de Renfe recorrió unos 25 kilómetros hasta encontrarse con otro convoy inmovilizado sobre la misma vía.

Las primeras explicaciones oficiales apuntaron a un error humano en el centro de control. Las informaciones conocidas posteriormente plantean, además, dudas sobre la aplicación de los protocolos de circulación que debían entrar en funcionamiento tras la caída del sistema LZB.

La investigación deberá determinar exactamente qué sucedió, qué decisiones se adoptaron y por qué no se evitó la colisión. Pero hay algo que ya resulta difícil de ignorar: antes del posible error humano hubo un fallo técnico y, después, una cadena de decisiones y mecanismos de protección que no consiguió impedir la tragedia.

El error humano no puede convertirse en la última explicación

Resulta comprensible que las investigaciones busquen identificar la decisión concreta que desencadenó el accidente. Es imprescindible hacerlo. Si alguien incumplió un protocolo, interpretó incorrectamente una orden o actuó de forma negligente, deberá responder por ello en los términos que correspondan. Pero sería profundamente preocupante que la explicación de una catástrofe de estas dimensiones terminara reducida a señalar a una persona.

Porque la pregunta no es únicamente quién cometió el posible error, sino cómo pudo ese error desembocar en la muerte de 69 personas. ¿Es razonable que, en una infraestructura ferroviaria de alta velocidad, una decisión humana equivocada pueda dejar sin protección suficiente a cientos de pasajeros? ¿Qué mecanismos deben intervenir cuando falla el sistema principal? ¿Por qué las barreras de seguridad que permanecían disponibles no lograron evitar el accidente? ¿Se aplicaron correctamente los procedimientos previstos? ¿Eran esos procedimientos suficientemente seguros?

Estas preguntas no constituyen una acusación anticipada contra nadie. Son interrogantes que deben responder quienes diseñan, gestionan, supervisan y garantizan la seguridad de nuestra red ferroviaria.

El sistema LZB dispone de procedimientos alternativos cuando se interrumpe su funcionamiento. La circulación puede pasar a depender de la señalización lateral y de mecanismos como el ASFA, que supervisa determinadas señales y puede activar el frenado automático en circunstancias concretas. Sin embargo, estos sistemas de respaldo no ofrecen necesariamente las mismas prestaciones de supervisión continua ni eliminan la necesidad de aplicar estrictamente las limitaciones de circulación. Precisamente por eso existen los protocolos de seguridad. Y precisamente por eso hay que investigar si fueron adecuados y si se cumplieron.

La seguridad ferroviaria no puede depender de que nadie se equivoque nunca. Debe estar diseñada para que, cuando alguien se equivoque, existan barreras capaces de impedir que ese fallo termine en una catástrofe. Es un principio esencial de cualquier sistema de transporte de alta responsabilidad. Los errores humanos pueden producirse. Lo verdaderamente grave es que no existan suficientes mecanismos para detectarlos, corregirlos o limitar sus consecuencias.

Atribuir un accidente a un error humano puede ser una conclusión legítima de una investigación. Utilizar esa explicación para dar por cerrado el debate sobre la seguridad del sistema sería algo muy distinto. Y, desde luego, no sería asumible.

La responsabilidad política no termina donde empieza la del operario

El ministro de Transportes, Óscar Puente, ya ocupaba su cargo cuando se produjo la tragedia de Adamuz. Cinco días después de aquel accidente, aseguró que la probabilidad de que se repitiera un siniestro con aquellas características era «muy baja, bajísima».

Conviene ser justos. Las causas que se investigan en Adamuz y Urda no son las mismas, y aquella declaración se refería específicamente a un accidente de las características del ocurrido en Córdoba. Tampoco sería razonable pretender que un ministro pueda garantizar un riesgo cero en una red ferroviaria de enorme complejidad. Pero esa precisión no elimina la responsabilidad política de quien dirige el departamento encargado de las infraestructuras y del transporte.

Las palabras pronunciadas después de Adamuz buscaban transmitir tranquilidad. Nueve meses más tarde, España vuelve a enfrentarse a una tragedia ferroviaria y esa tranquilidad ha quedado profundamente dañada.

La responsabilidad política no implica necesariamente culpabilidad directa en un accidente. Significa asumir que la gestión de los servicios públicos exige explicar qué ha fallado, qué controles existían, qué riesgos se conocían, qué medidas se adoptaron y cuáles deben corregirse. Significa también que la rendición de cuentas no puede quedar limitada al último eslabón de una cadena de decisiones.

Un operario puede equivocarse. Un maquinista también. Un técnico puede interpretar incorrectamente un procedimiento. Pero quienes tienen la responsabilidad de dirigir y supervisar el sistema deben garantizar que esos posibles errores no encuentren un camino despejado hacia la tragedia. Y esa obligación alcanza a los responsables técnicos, a las empresas ferroviarias, a los gestores de la infraestructura y, por supuesto, a quienes ejercen la dirección política.

No se trata de reclamar dimisiones inmediatas como respuesta automática al dolor. Tampoco de anticipar culpabilidades antes de que concluyan las investigaciones. Se trata de exigir algo mucho más serio: que nadie confunda la identificación de una responsabilidad individual con la desaparición de las responsabilidades institucionales.

La seguridad ferroviaria y las lecciones que España no puede ignorar

El accidente de Urda obliga a mirar también hacia atrás. En julio de 2013, el descarrilamiento de un tren Alvia en Angrois, a las puertas de Santiago de Compostela, causó 80 muertos. La velocidad excesiva y la actuación del maquinista ocuparon desde el principio el centro de las explicaciones. Sin embargo, el caso también abrió un profundo debate sobre los sistemas de protección, la evaluación de riesgos y las responsabilidades de quienes debían garantizar la seguridad de aquella línea.

Trece años después, la tragedia de Urda vuelve a situar el error humano en el centro de las primeras hipótesis. Los dos accidentes no son iguales, ni sería riguroso establecer paralelismos automáticos entre sus causas. Pero existe una reflexión que resulta inevitable: cuando una decisión humana puede conducir a una catástrofe ferroviaria, no basta con examinar la decisión. También hay que examinar el sistema que permitió que sus consecuencias fueran tan graves.

En el caso de Urda, las preguntas adquieren especial relevancia al conocerse que el tramo de la línea Madrid-Sevilla donde ocurrió el accidente utiliza el sistema LZB, una tecnología implantada en los primeros años de la alta velocidad española, mientras se desarrolla su actualización hacia sistemas europeos más modernos.

La antigüedad de una tecnología no significa por sí misma que sea insegura. Pero sí exige comprobar que su mantenimiento, sus procedimientos alternativos y su capacidad para gestionar incidencias responden a las necesidades actuales de explotación. También obliga a examinar los antecedentes. En el tramo afectado se habían registrado diversos problemas de señalización durante los dos últimos años, aunque no todos tuvieron el mismo origen ni existe por ahora una relación causal acreditada con el accidente.

Conviene, por tanto, evitar conclusiones precipitadas. Pero sería igualmente irresponsable que la investigación no analizara todas las alertas, incidencias, decisiones y posibles oportunidades de prevención.

La confianza en el ferrocarril no se recupera mediante declaraciones solemnes ni apelaciones genéricas a su seguridad. Se recupera con hechos, transparencia, inversiones cuando sean necesarias y capacidad para reconocer lo que no funcionó.

No basta con prometer que se llegará hasta el final

Pedro Sánchez aseguró tras el accidente de Urda que se investigaría hasta las últimas consecuencias y que, si se detectaban negligencias o fallos de seguridad, habría una respuesta contundente. Es lo que corresponde decir a un presidente del Gobierno ante una tragedia de esta magnitud. Pero ahora esas palabras deben traducirse en actuaciones concretas.

No basta con conocer la causa inmediata del accidente. Es necesario reconstruir toda la cadena de decisiones, determinar qué mecanismos fallaron, revisar los procedimientos de circulación en situaciones de emergencia y establecer si las garantías existentes resultan suficientes.

La investigación técnica y la judicial deben desarrollarse con independencia, sin presiones y sin convertir una tragedia humana en un instrumento de confrontación partidista. Las víctimas y sus familias merecen la verdad, no un intercambio de acusaciones que termine ocultando lo esencial.

Pero el respeto institucional tampoco puede confundirse con el silencio. Ni el duelo debe utilizarse para aplazar indefinidamente las explicaciones. Hay tiempo para acompañar a las familias, para respetar su dolor y para reconocer la extraordinaria labor de quienes han participado en las tareas de rescate y atención a los heridos. Y debe haber también voluntad para exigir responsabilidades, porque ambas cosas no son incompatibles. Al contrario. La mejor forma de honrar a las víctimas es hacer cuanto esté en nuestra mano para que ninguna otra familia tenga que atravesar una tragedia semejante.

España necesita recuperar la confianza en su sistema ferroviario. Y sería injusto convertir estos dos accidentes en una descalificación general de un medio de transporte que sigue siendo uno de los más seguros. Pero tampoco podemos refugiarnos en las estadísticas para restar gravedad a lo ocurrido.

Que un accidente sea estadísticamente excepcional no lo hace menos devastador. Y que el transporte ferroviario presente buenos indicadores generales de seguridad no exime de investigar con el máximo rigor sus fallos más graves.

Lo que no podemos volver a asumir

Hay algo especialmente doloroso en las tragedias que pudieron evitarse, o en aquellas sobre las que todavía pesa la sospecha de que algo pudo haberse hecho de otra manera. Por eso resulta imprescindible conocer toda la verdad sobre Urda. Sin atajos. Sin culpables elegidos de antemano. Sin convertir las hipótesis iniciales en conclusiones definitivas. Sin utilizar la complejidad técnica como refugio para diluir las responsabilidades. Porque hablamos de la seguridad de cientos de miles de personas que utilizan el tren cada día. Personas que confían en que detrás de cada horario, cada señal, cada protocolo y cada decisión existe una organización preparada para protegerlas. Esa confianza constituye una obligación enorme para quienes gestionan el sistema ferroviario.

No podemos exigir que las máquinas nunca fallen ni que las personas sean infalibles. Lo que sí podemos y debemos exigir es que los sistemas de seguridad estén preparados para afrontar esos fallos sin que el precio de un error sean decenas de vidas humanas.

Las 46 víctimas de Adamuz y las 69 de Urda merecen mucho más que una sucesión de homenajes, condolencias y promesas. Merecen respuestas. Merecen responsabilidades cuando se acrediten. Merecen que aprendamos de lo sucedido y que esas lecciones se conviertan en mejoras reales de la seguridad ferroviaria. Y sus familias merecen, sobre todo, la certeza de que su dolor no quedará reducido a una cifra en la historia negra del ferrocarril español.

El presidente del Gobierno encontró las palabras adecuadas: «No es asumible». Ahora corresponde a él y a quienes tienen responsabilidades públicas demostrar que no se trataba únicamente de una frase acertada ante los micrófonos. Porque lo verdaderamente inasumible sería que, después de 115 vidas perdidas en apenas nueve meses, no fuéramos capaces de garantizar que hemos hecho todo lo necesario para evitar otra tragedia.

Etiquetas: OpiniónRicardo Megías
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