La palabra turistificación se ha convertido en una especie de conjuro moderno. Se pronuncia con gesto grave, ceja levantada y superioridad moral de sobremesa. Sirve para casi todo: para explicar el precio de la vivienda, la saturación de las carreteras, la cola del supermercado, el ruido de una maleta con ruedas o la existencia misma de alguien que llega con una reserva de hotel y ganas de gastar dinero.
La última aportación al debate llega en forma de manual de acción contra la turistificación, difundido por Arran Mallorca y Menys Turisme, Més Vida, con instrucciones para actuar contra alquileres turísticos, inmobiliarias, negocios vinculados al turismo y símbolos del sector hotelero. Todo muy revolucionario, por supuesto: ropa oscura, rostro tapado, vigilancia de cámaras, rutas de escape y ataques a fachadas o cajas de llaves. El viejo romanticismo de la pancarta ha dado paso al tutorial de delincuencia con pretensiones ideológicas.
Conviene decirlo sin demasiadas vueltas: Mallorca, –al igual que otras ciudades españolas–, tiene problemas reales. Vivienda, presión sobre recursos, movilidad, precariedad en algunos segmentos laborales, concentración territorial de visitantes y necesidad de ordenar mejor la actividad. Pero una cosa es exigir políticas públicas serias y otra muy distinta es jugar a la guerrilla de pegatina contra la industria que sostiene buena parte del bienestar del archipiélago.
El precio de la vivienda, la saturación de determinados servicios, la presión sobre los recursos o los problemas de movilidad no son, por sí mismos, culpa del turismo. Son consecuencia de la falta de políticas públicas eficaces en vivienda, transporte, planificación territorial, gestión del agua, inspección, diversificación económica y ordenación del crecimiento.
El sector del turismo no redacta leyes del suelo. No diseña planes de movilidad. No decide cuántas viviendas protegidas se construyen. No fija por sí solo la capacidad de los servicios públicos, ni la calidad de la gestión institucional. El turismo genera presión, sí. Pero la presión se gestiona con política, no con pintura en aerosol.
Manual contra la turistificación: cuando la protesta se disfraza de vandalismo
En ese clima aparece el llamado “Manual de acción contra la turistificación”, difundido por Arran Mallorca y Menys Turisme, Més Vida. El documento anima a actuar contra alquileres turísticos, inmobiliarias, carteles de la Federación Empresarial Hotelera de Mallorca y negocios considerados gentrificadores.
El manual recomienda observar zonas, controlar cámaras, prever la llegada de la Policía, vestir ropa oscura, taparse el rostro y ocultar rasgos identificativos. Todo ello, por supuesto, con la solemnidad habitual de quienes creen que bloquear una caja de llaves o pintar una fachada constituye una aportación estratégica al futuro de Mallorca.
Las organizaciones promotoras defienden la “acción directa no violenta” contra un sistema que, dicen, “nos ahoga”. Pero conviene no perder de vista lo esencial: señalar negocios, intimidar a empresas, atacar símbolos del sector turístico o promover actos vandálicos no es una política de vivienda. No es un plan de movilidad. No es una estrategia de sostenibilidad. Es una forma vistosa de no resolver nada.
Ser turismofílico no es negar los problemas: es entender quién paga la factura
Frente a la turismofobia de pancarta y pasamontañas, conviene reivindicar una mirada turismofílica. No es una mirada ingenua, acrítica o complaciente. Ser turismofílico no significa defender cualquier modelo. Significa entender que el turismo es la primera industria de Baleares –y de España–.
Ser turismofílico significa algo bastante más adulto: reconocer que el turismo es la primera industria de Mallorca y que, sin ella, la isla sería mucho más pobre, más frágil y mucho menos capaz de sostener los servicios que hoy muchos dan por garantizados.
En 2025, España recibió 96,8 millones de turistas internacionales. El empleo directo en actividades turísticas se situó entre los 2,7 y los 2,9 millones de personas, consolidando al sector como la primera industria del país. En términos económicos, el turismo alcanzó una aportación récord al PIB español, con 224.298 millones de euros. Este volumen representó entre el 13,1% y el 13,5% de la economía nacional, según distintas estimaciones, el máximo valor de la serie histórica. El gasto total en destino alcanzó un récord de 134.712 millones de euros, con una ganancia estimada de 6.546 millones en términos reales respecto a 2024.
Estos datos no son un detalle técnico. Son la diferencia entre hablar de turismo con seriedad o convertirlo en un muñeco de feria al que lanzar todas las frustraciones acumuladas.
Por eso, resulta tan cómodo como irresponsable, caricaturizar al sector como una especie de monstruo depredador. Es más fácil pintar una pared que redactar una ley útil. Es más fotogénico taparse la cara que sentarse a diseñar un modelo de vivienda, movilidad, formación profesional, inspección laboral y diversificación económica.
Un debate amplio y sin pancartas
El debate serio no debería ser: turismo sí o turismo no. Ese planteamiento pertenece a la adolescencia política. La cuestión real es qué turismo, con qué reglas, con qué equilibrio territorial, con qué retorno social y con qué exigencia de calidad.
Mallorca necesita ordenar el alquiler turístico ilegal, mejorar la movilidad, proteger residentes, diversificar la economía, elevar salarios, reforzar inspecciones, cuidar el territorio y apostar por un visitante de mayor valor añadido. Todo eso cabe en una política turística madura. Lo que no cabe es romantizar el vandalismo como si fuera una aportación intelectual al futuro de la isla.
Los movimientos que promueven acciones contra negocios turísticos deberían explicar con la misma claridad con la que reparten manuales quién pagaría la factura si su sueño se cumpliera. ¿Qué hospitales cerrarían? ¿Qué líneas de transporte se recortarían? ¿Qué empleos sobran? ¿Qué familias deberían buscarse la vida fuera? ¿Qué impuestos sustituirían los ingresos que hoy genera el turismo? ¿O la idea es que Mallorca viva de camisetas reivindicativas y huertos urbanos?
Turismofilia, una defensa serena del turismo
El sector turístico no necesita impunidad. Necesita respeto, reglas claras y una defensa pública proporcional a lo que aporta. También necesita autocrítica: no todo vale. Pero entre la complacencia acrítica y la turismofobia de pasamontañas hay un espacio amplio para la inteligencia.
La turistificación debe gestionarse con datos, planificación y valentía política, no con manuales de acción callejera. Mallorca no puede permitirse que el debate sobre su principal industria quede secuestrado por quienes confunden activismo con intimidación y pensamiento crítico con pintura en aerosol.
Ser turismofílico hoy no es ser ingenuo. Es recordar algo elemental: el turismo no es el enemigo de Mallorca. Es una de las razones por las que Mallorca tiene empleo, riqueza, servicios públicos, conectividad, hospitales, transporte y oportunidades. Mejorarlo es una obligación. Destruirlo, aunque se haga con mucha pancarta y mucha épica de barrio, sería una estupidez carísima.
Y, como casi siempre, la factura no la pagarían los revolucionarios de manual. La pagarían los trabajadores, las familias, los autónomos y todos aquellos que no pueden permitirse convertir la economía de una isla en un experimento de fin de semana.











